En su libro Yeah! Yeah! Yeah!, el músico de St. Etienne le da una nueva vuelta de tuerca a la misma historia musical de siempre, y gana la carrera por varios cuerpos de ventaja.

Cualquier aficionado al rock y al pop conoce su historia desde 1950 a la fecha, o al menos de grosso modo puede dar cuenta de su acontecer: que Elvis se fue a la colimba tras revolucionar la música, que la llegada de los Beatles a los Estados Unidos fue poco después del asesinato de John Kennedy, que “Nevermind The Bollocks” de los Sex Pistols se editó en 1977 y que la ciudad madre del grunge fue Seattle, son un puñado de ejemplos al azar que vienen a la mente de cualquiera con el solo apoyo de la memoria. Lo interesante es darle otra mirada a esos hechos de público conocimiento, y más hoy en el Siglo XXI, donde gracias a Internet existe la (falsa) creencia de que toda la información está al alcance de la mano en la Red. Esta empresa titánica fue la que emprendió el inglés Bob Stanley, tecladista de St. Etienne y periodista del New Musical Express, la revista Mojo y los periódicos The Times y The Guardian. Y lo mejor del caso es que el final de esa historia (el libro Yeah! Yeah! Yeah“, aparecido en 2013 y recientemente traducido al castellano gracias a la etiqueta española Turner) es un final feliz, digno de una comedia romántica, ya que el volumen es excelente, calificativo superlativo que en este caso elude la hipérbole.

El apoyo de Stanley para sus dichos es ni más ni menos que el querido y muchas veces vilipendiado pop, y los rankings de ventas en el Reino Unido, con un estilo que mezcla la mirada del legendario Nik Cohn con la sabiduría enciclopédica de nuestro Norberto Cambiasso, y utiliza a su favor el humor de ambos. Yeah! Yeah! Yeah! discute todo el tiempo en voz alta con la mirada rockista de los pop writers más famosos y encumbrados (Lester Bangs, Greil Marcus, Nick Kent) y no se preocupa por la victoria sino por dejar sentada otra mirada, igual de trascendental que la dominante. Una visión en donde Brian Wilson, los Monkees y ABBA se sitúan al mismo nivel que los rockeros, y que gracias al apoyo de los rankings permite correr el canon de lugar, al hacer notar por ejemplo que en 1968 el rock steady de Desmond Dekker era un fenómeno de ventas mucho mayor al blues electrificado de Cream.

Narrado de modo cronológico, Yeah! Yeah! Yeah! analiza caso a caso los ítems más destacados de cada época y (re)descubre artistas caídos en el olvido. Toda la escena del pop pre Elvis hace que la tecnología juegue a favor del lector para armar una lista de Spotify con Billy Fury a la cabeza. Como Cohn en Awopbopaloobop Alopbamboom, Stanley da cuenta de 1960 como un año vacío. Desentraña el secreto de los Beatles con una sencillez asombrosa (“Los Beatles son la pandilla por antonomasia: autosuficiente, ingeniosa, omnímoda; todo el mundo quería formar parte de ella y, de algún modo, todo el mundo podía sentir un apego personal por sus miembros y pertenecer al universo beatle. Se mire por donde se mire, son el grupo de pop perfecto”). Describe al Swinging London con una precisión más quirúrgica que Tom Wolfe. Adhiere al culto por los primeros discos de Scott Walker solista, y en una nota al pie le reclama una vuelta aunque fuera por última vez “a los sencillos de tres minutos” en lugar de su actualidad avant garde. Incorpora la idea de éxito económico al lado de la figura del cantautor (“Un artista que componía, cantaba, solía actuar en solitario y vendía álbumes en lugar de sencillos”). Contrapone el concierto navideño de los Sex Pistols en Huddersfield con Live Aid, pone a la disco music en el lugar de importancia que merece, pondera a Blondie, y el resumen enumerativo incompleto puede seguir hasta el final del libro, con la casi desaparición del formato físico para la escucha.

Pero hay una frase de Stanley que funciona como resumen de sus ideas, y es con la que describe a Bono Vox de U2: “Un día alguien tendrá que explicarle a Bono que el pop siempre es más expresivo cuando trata de curar un corazón roto que cuando intenta salvar el mundo”. Frase que hace sinergia con la versión tecno pop de “Only Love Can Break Your Heart” de Neil Young que Stanley hizo con St. Etienne y que, lejos de sonar a herejía, potencia al original de tal manera que muchos jóvenes de los 90 conocieron al canadiense gracias a esta toma. Sentencia que, sin querer, marca una coherencia entre las formas y los contenidos de Bob Stanley, en una definición sobre Yeah! Yeah! Yeah! y su banda que seguramente él no aprobaría pero que al ser conveniente para darle un cierre a esta reseña, dejaría pasar con desgano pero con una sonrisa. El pop es, fue y será así.

 

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