En su libro Cómo funciona la música el escocés ofrece una lúcida descripción acerca de todos los aspectos, intrínsecos y extrínsecos, que componen el universo del arte de combinar los sonidos.

Rockero inclasificable desde sus tiempos como líder de Talking Heads en la efervescente Nueva York de fines de la década del 70, melómano incansable e investigador de las músicas de todos los regiones de la Tierra, curioso, ciclista: he aquí una enumeración incompleta de las múltiples actividades que desarrolla aún hoy David Byrne, escocés de nacimiento, neoyorquino por adopción, ciudadano del mundo. Por todos estos motivos, y tal como él mismo se preocupa por aclarar en los agradecimientos finales en un comentario que le hizo al famoso agente literario Andrew “El Chacal” Wylie (quien representa a Martin Amis, Salman Rushdie, Milan Kundera y a los familiares de Roberto Bolaño, entre otros), su libro Cómo funciona la música no es “una autobiografía ni una serie de artículos con reflexiones, sino un poco de ambas cosas. Ahora que ya está hecho es un poco más fácil de explicar”.

Entonces, un chau gigante a Byrne como parte de este boom literario de músicos de rock and roll que recuerdan su vida y un hola enorme a un ensayo que, si bien hace mención a diversos aspectos de su carrera, lo hace con el foco puesto en ampliar y ejemplificar diversas cuestiones que muchas veces escapan al mero hecho de calzarse una guitarra y salir a tocar. Así como en Gatica Leonardo Favio contó una de las peleas del Mono con un plano secuencia que mostraba sólo a los relatores de radio de la época sin enfocar en ningún momento al ring, en el capítulo “Mi vida actuando” Byrne da cuenta de sus años en la ruta haciendo hincapié en los diversos vestuarios que llevó en sus distintas giras (¡esa enorme banda latina vestida toda de blanco de la época de Rei Momo!), en “El estudio de grabación” explica la génesis de sus distintos álbumes y sus resultados, sin dejar de lado severas autocríticas sobre algunos de sus resultados finales o en “Colaboraciones” deja en claro los diferentes motivos y métodos que lo hacen compartir un disco con un par. 

 

Pero esos temas son los esperables. Lo más interesante de Cómo funciona la música viene por el lado del relato sobre la evolución de los soportes y de la relación entre un artista de su calibre y las compañías discográficas, desde aquellos tiempos de generosos adelantos para los músicos hasta la actualidad de sobreabundancia de shows en vivo como medio para llevar el pan a casa, con la escala obligada en Internet, la independencia y otras cuestiones, viejas algunas, actuales otras. Byrne se pone en un papel de historiador didáctico y sale airoso del desafío por su estilo fresco de escritura, su trabajo de documentación y por el saludable hecho de querer dejar claro todo lo que escribe. La ejemplificación, que muchas veces puede hacer una lectura pesada, en este caso es esperada hasta con ansiedad una vez que se entienden sus motivos, y se potencian tanto con las imágenes como con las bibliografías y discografías detalladas al final del volumen.

Cómo funciona la música es un libro obligatorio y necesario para todo amante de la música. Un libro que hace que nunca más podamos ver ciertas cuestiones relacionadas con la cultura rock con ingenuidad, que funciona como una entelequia que completa y perfecciona esa mirada, según la acepción aristotélica del término. Un libro que mira para adelante sin nostalgia, de la misma manera en la que su autor lo hace con su música. En definitiva, un libro que no podría haber sido escrito por otra persona que no fuese David Byrne.

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