El pianista y compositor hizo un potente concierto cargado de modernidad en el Luna Park.

Fotografía: Pablo Astudillo

La música de Herbie Hancock es sin duda la de un innovador, un músico que abre caminos que sintonizan con la modernidad; desde ese jazz de espíritu abierto e inclusivo el pianista y compositor se revela como un creativo artista sin prejuicios. En su concierto del Luna Park propuso una música en la que confluyeron el rock, el funk, la electrónica y la improvisación de manera  fluida acompañado por una banda de solistas inspirados; así, este artista de 78 años sigue mostrando hacia dónde mira una buena parte de la música afroamericana. Desde esa modernidad es que podríamos inferir que Hancock sugiere un nuevo vocabulario sin duda partiendo del jazz pero cargado de una evidente contemporaneidad.

El artista llegó a Buenos Aires con un grupo en el que además de la sección rítmica con James Genus en bajo y Justin Brown en batería (de cambio por Vinnie Colaiuta) sumó a Michael Mayo en voz y al ginebrino Gregoire Maret en armónica principales interlocutores del pianista. Una luz tenue le pone contexto a la efectos surgidos de su teclado como introducción a Overture, una composición climática, casi un soundtrack para un film de ciencia ficción; mientras la atmósfera crece, el ritmo toma forma y la armónica de Maret recrea la melodía con una sonoridad propia de un saxo y descubrimos a un improvisador visceral con una amplia variedad de timbres y un dominio del instrumento sobrehumano.  Secret Sauce, unas de las composiciones más recientes del pianista, con una introducción vocal de Mayo que toma la forma de un mantra, hipnótico y cargado de electricidad, su voz pasa de las notas altas a las bajas sin dificultad; un joven cantante (alumno de Hancock, en la UCLA) con un registro vocal amplísimo y una marcada elegancia en su canto en los que sobresalen elementos del góspel, de la lírica y por supuesto, de Africa, quizás la principal fuente de la que abreva este artista. Genus sostiene un groove sólido, denso y ágil a la vez ideal para que el pianista desarrolle desde la improvisación un tono de narración con diferentes momentos emocionales. Un solo con un mensaje de un contenido denso, vibrante. Detrás, Brown convierte el ritmo en un resbaladizo remolino que rodea sin invadir las líneas del pianista. 

Hancock es un artista que mantiene su música actualizada no sólo por rodearse de excelentes músicos jóvenes también por incluir permanentemente nuevos timbres que permiten una y otra vez revisitar sus propias composiciones sin que pierdan su frescura original; eso sucedió en la segunda parte del concierto con materiales que compuso en los años setenta y que no parecen que el tiempo los alcance. Actual Proof, del álbum “Trusth” (1974) fue casi un tour de forcé entre Hancock, Maret y Brown; el clima de improvisación dominó por sobre el rugoso ritmo de Genus; aquí comenzaron las proezas del armoniquista, un músico que el pianista define como el mejor del jazz. Una de las virtudes de Hancock es dar espacio a los músicos, como lo vivió él recién llegado de Chicago con Miles Davis a comienzos de los sesenta y aquí vale una confesión del pianista que deja en evidencia la altura de Davis: “Recuerdo que una noche toqué un acorde realmente equivocado en el pico de un tema cuando Miles estaba haciendo su solo y en seguida tocó algunas notas que hicieron que mi acorde fuera correcto. ¡Me dejó perplejo! No lo escuchó como un acorde equivocado, sólo lo escuchó como algo que había sucedido y tomó la responsabilidad de hacer algo con él; desde ese momento trato de hacer lo mismo”.  

Siguió una bellísima versión de Come Running To Me, de “Sunlight” (1978), con una atmósfera muy Prince y en la que se lució Mayo; el grupo suena con un ajuste preciso y sin la antipatía de la perfección. Luego se colgó el Keytar y la fuerza del rock ganó el escenario; su discurso guitarrístico fue un excelente contrapunto para la fuerza interpretativa de Maret y Brown.

Hubo espacio también para que Mayo cantara sin más acompañamiento que un vocoder. El único momento de introspección real en un concierto de sonido potente. Este joven artista logró transportar al Luna Park por varias instancias, el templo, la ópera, Africa; recorrió climas y alturas, cálidos y frescos, altos y bajos con una elegancia y una sencillez que llegó al corazón del auditorio.

Y volvió Hancock con los primeros acordes de un revitalizado Cantaloupe  Island (1964)  como despedida. Un tema que demuestra la fortaleza de una buena composición a través del tiempo. Su fibroso ritmo funk, su textura melódica espesa le dan un carácter propio de la música negra;  Hancock a través de la armónica y la voz de Mayo logró resignificarlo para darle vida en Buenos Aires; su solo edificado con acordes pareció flotar sobre el ritmo mientras los arreglos fueron formando un arco de tensión que invitó al baile. Los solos de Brown, a doble tiempo y con una variedad de climas encontraron respuestas en la armónica de Maret, un músico con una fuente inacabable de ideas y en Mayo, un vocalista cercano al prodigio. Hancock no necesitó mucho para volver al escenario y desde su Keytar tejió los primeros acordes de Chamaleon, (1973), de los Head Hunters; el riff, los solos, la psicodelia transmitieron ese espíritu de invencible actualidad en su música a pesar de los años.

El maridaje entre el jazz y la electrónica, el funk y el hip hop mantiene en las manos de Hancock su felicidad nupcial; sin duda el mejor en incorporar la tecnología a su música y que superó por lejos a los músicos de su generación. Sus brillantes 78 años dejaron sobre el escenario del Luna Park una estela de creatividad sin límites y energía que parece inextinguible.

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