Nueva presentación en Buenos Aires de uno de los grandes nombres del jazz contemporáneo. Lovano estuvo acompañado por su cuarteto y ofreció un concierto impecable en La Usina del Arte

Fotografía: Laura Tenenbaum

Es indudable que para el saxofonista tenor Joe Lovano la innovación musical sigue teniendo lugar dentro del jazz. Un narrador moderno en el arte de la improvisación que mostró una penetrante imaginación y un fluido dominio de la historia del saxo durante su concierto en el Auditorio de La Usina del Arte. Este músico, nacido en Cleveland, en 1952, tiene sin duda una comunicación fluida con los estilos de John Coltrane, Sonny Rollins o Joe Henderson y encontramos en su música referencias de estos artistas sin que predominen por encima de su propio talento. Durante su master class admitió sin rodeos que sus maestros tienen una fluida comunicación con su música. “Mientras estoy tocando siento que los Maestros están en la audiencia”, afirmó. 

Lovano mostró con su repertorio que incluyó música original y versiones, un siempre renovado enfoque de reunir contrastes (posmodernos/ neotradicionalistas) que en su saxofón logran disolverse para amalgamarse como una materia única, de una plasticidad sin aristas. En efecto, el músico los hace converger en su propuesta de una manera relajada, sin apelar a elementos efectistas o de resultados comprobados. Indaga en el jazz, desde su centro hasta sus contornos con la seguridad de un artista con un profundo conocimiento de la tradición que, lejos de condicionarlo, le permite ampliar su territorio.

En la hora y media de su concierto, Lovano en cuarteto con Lawrence Fields en piano, Pete Slavov en contrabajo y Otis Brown en batería, desarrolló un repertorio original dominado por cuidadas melodías para en el que sobresalen sus creativas improvisaciones como el punto más potente de su música. En efecto, abrió el concierto con temas propios; comenzó con Our Daily Bread, caballito de batalla para las aperturas de sus conciertos, una composición en un tiempo ligero que tocó con un espíritu sereno, reflexivo como para tomar contacto con la inspiración; tras su inicial improvisación siguió Fields, un pianista con ideas frescas e interesantes, tanto como las de Slavov, un músico que mostró solidez y una depurada técnica. En Fort Worth, de “From The Soul” (1991), comenzó el concierto para Lovano, un homenaje a Ornette Coleman y en el que el saxofonista enfatizó la espontaneidad más que la estructura de la composición. Desde la intro se movió abriendo las fronteras del tema hasta que consiguió descomponer la pieza en sus elementos básicos, sonido y estilo. En otros, reunió elementos de diferentes etapas del jazz como si revisará su biblioteca en busca del mensaje adecuado. Creativo, con su sonido de tono espinoso, orgánico, lejos de los resplandores metálicos de muchos de sus colegas, Lovano compuso una improvisación en la que conjugó sin esfuerzo los sabores clásicos con una agitada modernidad; si sus solos son inspirados y surgen airosos respecto de toda comparación, su técnica abruma; potente rítmicamente, casi podría decirse que colabora de igual a igual con la sección rítmica. 

Siguió con Mystic y Golden Horn, la primera de un tono introspectivo aunque sin melancolía; desde el clarinete desarrolló un aire más bien reflexivo que compás a compás ganó presencia; por el lado del grupo quedó en evidencia una integración fluida, en el que las individualidades tienen espacio no sólo a través de las improvisaciones sino dentro del groove. El solo de Fields tuvo un brillo especial con suaves toques latinos que llevaron el tema a un saludable arco de tensión; Golden Horn, de su disco “Cross Culture” (2013) tiene en su motivo melódico y en su balanceo rítmico el espíritu de “Trane”; su cadencia de blues remarcada en la gangosidad del clarinete lo acerca al mundo de Coltrane. La sección rítmica responde con clima de ritual liderado por el piano pero con un sólido mixtura de batería y contrabajo. Volvió Lovano pero con el tenor para sumarse a esa atmósfera de envolvente cadencia y cerrar la composición con una improvisación de una aérea musicalidad. El grupo hará dos temas de Coltrane Spiritual y Fith House que conjugan dos épocas del genial tenorista, la de Impulse! y la de Atlantic Records, es decir, Lovano se explaya a través de una moderna reconstrucción de dos composiciones en las que sin que falte la gracia melódica, el núcleo reside en las improvisaciones; generoso en términos de liderazgo, el saxofonista convirtió a Otis Brown en su principal interlocutor, un músico creativo hasta la intrepidez y de prolija técnica. En este tramo, Lovano tuvo destellos de una energía electrizante sin perder esa identidad que refleja en cada uno de sus solos. Su lectura de Coltrane es quizás una de sus grandes virtudes.

El cuarteto volvió para hacer Sounds of Joy, como bis, un tema bop, atravesado por un cálido melodismo con breaks y una cantidad de señales jazzísticas que permite suponer que el arte de la improvisación sigue siendo la quintaesencia del jazz, aunque siempre las buenas melodías son bienvenidas. Lovano dejó en claro durante su concierto su devoción incondicional a la tradición sin dejar de ser él mismo, condición necesaria para ser artista.

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