En su autobiografía, escrita junto a Janiss Garza y traducida al español poco antes de su muerte, el bajista de Motörhead y Hawkiwind da cuenta de una vida que respetó a rajatabla la trilogía de sexo, drogas y rock and roll.

“49% Motherfucker, 51% Son of a Bitch”. Este fue el título del documental dirigido por Wes Orshoski y Greg Olliver en 2010, que daba cuenta de la vida del galés Ian Kiminster, mundialmente conocido por su alias: Lemmy. Allí se ponía en imágenes propias y testimonios de compañeros de grupo y amigotes famosos (Ozzy Osbourne, Scott Ian, los Metallica, Dave Vanian y Captain Sensible de los Damned, Jarvis Cocker y Dave Grohl, entre otros) la historia del bajista de Motörhead y Hawkiwind: un tipo que vio a los Beatles en The Cavern, fue plomo de Jimi Hendrix, conoció la escena setentosa de los free festivals de primera mano y formó la única banda de rock pesado respetada por igual por punks y heavies, entre otras aficiones como el sexo, el tabaco, las anfetaminas, el bourbon y cualquier artículo original que haya sido parte del Tercer Reich.

Claro que “49% Motherfucker…” tenía un antecedente escrito: el libro “White Line Fever”, escrito por Lemmy y Janiss Garza, que había visto la luz en 2002. Poco antes de la muerte de Lemmy, el volumen apareció traducido al español como “Lemmy: La autobiografía”, y se consigue en selectas librerías porteñas. Y su lectura es básica para comprender la escena rockera de las Islas en 70 y la californiana desde los 90, cuando fijó residencia en Los Angeles, a dos cuadras del Rainbow Bar and Grill, lugar donde se lo podía encontrar matando el tiempo entre medidas de bourbon e interminables sesiones de flipper cuando no estaba en los lugares que más apreciaba en el mundo: el escenario y la carretera.

Como bien dice Michel Renaud de la revista The Metal Crypt en la contratapa, al leer Lemmy: La autobiografía “Te sentirás como si el propio Lemmy estuviera a tu lado contándote la historia de su vida”. Ese es el tono del libro: informal y ameno, una vez que se supera la molestia que ocasionan los localismos españoles de la traducción al momento de la lectura. Así uno se entera de entrada que Lemmy fue abandonado por su padre biológico a tres meses de haber nacido, y criado por su madre, una enfermera al cuidado de pacientes de tuberculosis (“Un trabajo condenadamente jodido, porque en aquella época era como estar en un pabellón de enfermos terminales de cáncer, a grandes rasgos se limitaba a cuidar de pacientes agonizantes”) que se casó con otro hombre cuando su hijo tenía diez años. Y tras el descubrimiento de Buddy Holly y de las anfetas, el joven Lemmy (apodado así por “un rollo galés”) se largó de su terruño natal para comenzar un viaje iniciático por Manchester y Liverpool, y así ver en vivo a Los Beatles en The Cavern, una noche en la que John Lennon molió a palos, tras bajar del escenario, a una persona que osó gritarle “maricón”.

La llegada de Lemmy a Londres fue el paso siguiente. Así, de casa en casa o, mejor dicho, de squat en squat, trabajando para Jimi Hendrix, viendo al Pink Floyd de Syd Barrett, engulliendo toda clase de drogas e intentando formar una banda y una carrera musical. Hecho que ocurrió en 1971 cuando, mientras intentaba comprar speed, conoció a los Hawkwind. Un día el bajista anterior del grupo los dejó plantados antes del show, pero su instrumento estaba ahí. Lemmy no dudó: se lo calzó, y ese día comenzó su trayectoria como bajista y como miembro de la banda.

Y sería el speed la excusa para que Hawkwind lo pusiera de patitas a la calle cuatro años después. O, como bien dijo Lemmy refiriéndose a sus hábitos y a los de sus compañeros, y más allá que ninguno le hiciera asco a nada, “Me echaron por tomar la droga equivocada: speed en lugar de ácido”. Un par de canciones inolvidables (Silver Machine, Motörhead) fueron su legado para un combo que aún hoy sigue vivito y tocando.

“Un grupo que combinara a MC5 con Little Richard y Hawkwind”. Esa fue la idea con la que Lemmy concibió Motörhead, vocablo que etiqueta a los adictos a las anfetas como lo era el bajista. Y ahí entra a tallar la velocidad, tanto mental como musical, de una banda que, pese a haber contado alguna vez con cuatro miembros, siempre funcionó mejor como power trío. Discos como “Overkill, “Ace of Spades o “No Sleep ‘til Hammersmith son clásicos imbatibles, más allá de que en el libro Lemmy rescate también álbumes que, según su criterio, son tan buenos como esos pero que fueron ignorados por los fans.

“¡A tomar por culo esa mierda de ‘No hablar mal de los muertos’! Las personas no ganan en bondad sólo por haberse muerto, simplemente se habla de ellos como si fuera así. ¡Pero no es verdad! Siguen siendo los mismos cabrones de siempre, ¡la única diferencia es que ahora son cabrones muertos!”. Esta frase, con la que culmina la autobiografía de Lemmy, bien podría haber servido de epitafio en lugar de ese “Born to lose, live to win”, que lo identificó siempre. Leerlo y escucharlo siempre es satisfacción garantizada para cualquier amante del rock and roll. Lo mismo que disfrutar de un bourbon, fumar un buen cigarro y tener sexo. En cuanto a las drogas, cada cual sabe que hacer. Pero eso sí: imitar las costumbres y las cantidades de Lemmy seguro que será perjudicial para la salud.

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