El cuarteto británico (quinteto en las giras), en su primer concierto en Argentina, demostró con creces porqué es considerada la banda número uno del rock contemporáneo. La noche comenzó con el post punk de Luz y Fuerza.
Por: Joaquín Vismara
Fotografía: Pablo Astudillo

Wolf Alice parece habitar dos mundos. Está ese costado lleno de texturas, reverberaciones y melodías en suspensión que la banda fue forjando desde sus inicios y a lo largo de sus tres primeros discos, y está también su presente disruptivo, pensado como una suerte de relectura hecha desde el ahora del sonido de los clásicos del rock de los setentas. La convivencia entre uno y otro universo convirtieron a la banda liderada por Ellie Rowsell como uno de los grandes nombres de la escena británica de los últimos años, y ese magnetismo innegable, junto con la efusividad propia de una banda cuyo público tuvo que esperar más de una década para poder ver en vivo, hicieron que su debut porteño fuera bastante más que un mero concierto.


La banda londinense construyó una carrera a paso de gigante, en la que cada instancia parece ser ya no la respuesta, sino la versión superadora de la anterior. En 11 años, Wolf Alice llevó las cosas a este presente que los tuvo de promesa a figura consagrada, un momento que quedó certificado con todos los laureles recogidos de la mano de su cuarto disco, The Clearing. Cifras de ventas y reproducciones, galardones y un recital multitudinario que ocurrirá en Londres a principios de julio son unidades de medida suficientes para mensurar su escala, y también la del show del lunes 25 en C Art Media, con una cuota de intimismo que difícilmente tengan en posteriores visitas.


Con un show pensado con recursos estéticos de antaño, con un telón de brillos dorados y una bola de espejos enmarcada en las alturas (y el agregado de una bandera de Palestina para hacer visible su apoyo a la causa), Wolf Alice comenzó su show entrando de lleno en las canciones de su más reciente disco. De las 8 canciones que interpretaron de The Clearing, 7 lo hicieron al comienzo de la noche, con los aires cinematográficos de “Thorns” como punto de partida. Y si hasta ahí la voz de Rowsell había sido un susurro cautivante, en “Bloom Baby Bloom” se convirtió en un despliegue de notas agudas de alta tensión interpretativa. Quien tomó la posta en “White Horses” fue el baterista Joel Amey, hasta que Ellie volvió a hacer gala de su canto de sirena.
Con su riff entrecortado, “Formidable Cool” (de Visions of a Life, de 2017) sirvió para entender que, por más que The Clearing haya sido visto como un cambio radical, es posible hallar algunos rastros premonitorios en sus discos anteriores. “Just Two Girls”, en cambio, tuvo bastante del aura de Fleetwood Mac con su balance de delicadeza y detallismo, el mismo que podría rastrearse también en “The Sofa”.



Wolf Alice parece habitar dos mundos. Está ese costado lleno de texturas, reverberaciones y melodías en suspensión que la banda fue forjando desde sus inicios y a lo largo de sus tres primeros discos, y está también su presente disruptivo, pensado como una suerte de relectura hecha desde el ahora del sonido de los clásicos del rock de los setentas. La convivencia entre uno y otro universo convirtieron a la banda liderada por Ellie Rowsell como uno de los grandes nombres de la escena británica de los últimos años, y ese magnetismo innegable, junto con la efusividad propia de una banda cuyo público tuvo que esperar más de una década para poder ver en vivo, hicieron que su debut porteño fuera bastante más que un mero concierto.



La banda londinense construyó una carrera a paso de gigante, en la que cada instancia parece ser ya no la respuesta, sino la versión superadora de la anterior. En 11 años, Wolf Alice llevó las cosas a este presente que los tuvo de promesa a figura consagrada, un momento que quedó certificado con todos los laureles recogidos de la mano de su cuarto disco, The Clearing. Cifras de ventas y reproducciones, galardones y un recital multitudinario que ocurrirá en Londres a principios de julio son unidades de medida suficientes para mensurar su escala, y también la del show del lunes 25 en C Art Media, con una cuota de intimismo que difícilmente tengan en posteriores visitas.





Con un show pensado con recursos estéticos de antaño, con un telón de brillos dorados y una bola de espejos enmarcada en las alturas (y el agregado de una bandera de Palestina para hacer visible su apoyo a la causa), Wolf Alice comenzó su show entrando de lleno en las canciones de su más reciente disco. De las 8 canciones que interpretaron de The Clearing, 7 lo hicieron al comienzo de la noche, con los aires cinematográficos de “Thorns” como punto de partida. Y si hasta ahí la voz de Rowsell había sido un susurro cautivante, en “Bloom Baby Bloom” se convirtió en un despliegue de notas agudas de alta tensión interpretativa. Quien tomó la posta en “White Horses” fue el baterista Joel Amey, hasta que Ellie volvió a hacer gala de su canto de sirena.


Con su riff entrecortado, “Formidable Cool” (de Visions of a Life, de 2017) sirvió para entender que, por más que The Clearing haya sido visto como un cambio radical, es posible hallar algunos rastros premonitorios en sus discos anteriores. “Just Two Girls”, en cambio, tuvo bastante del aura de Fleetwood Mac con su balance de delicadeza y detallismo, el mismo que podría rastrearse también en “The Sofa”. Ante un público que demostró conocer en profundidad todo el repertorio, de a poco la lista empezó a recorrer los otros rincones de su discografía, como cuando asomaron el dream pop con ambiciones de estadios de “How Can I Make It Ok?” y “Bros”, con el guitarrista Joff Oddie convirtiendo sus arpegios en pinceladas. Ahí, Wolf Alice demostró que tenía radio de giro suficiente como para ir del indie ruidoso de “You’re a Germ” y estallar con rabia para luego caer en el remanso onírico de “Same from Heartbreak (“If You Never Fall in Love”.


En la recta final, después del del melodismo de “Passenger Seat” y “Bread Butter Tea Sugar” y la reacción en slow motion de “Delicious Things” solo quedaba lugar para el despliegue catártico. Megáfono en mano, Rowsell guió a sus compañeros hacia el terreno del punk rabioso de “Yuk Foo”, que lejos de ser un episodio aislado tuvo su continuación superadora en “Play the Greatest Hits” y reapareció luego en “Giant Peach”. Pasada una hora y media en la que el grado de emotividad era imposible de ignorar tanto debajo del escenario como arriba de él, con Rowsell exprimiendo sus conocimientos de español todo lo posible para superar la barrera idiomática, “Don’t Delete the Kisses” fue bastante más que una despedida anunciada, fue la celebración de un encuentro que se hizo esperar y que supo tener su retirada en lo más alto, y la prueba de que a veces las retiradas pueden presagiar también un reencuentro próximo.






