Cyrus Chestnut en Bebop: Un pianista de una elocuencia infinita

Se presentó en quinteto con Mariano Loiácono en trompeta, Sebastián Loiácono en saxo tenor, Jerónimo Carmona en contrabajo y Sebastián mamet en batería

Fotografía: Laura Tenenbaum

Una noche cargada de expectativas y una energía saludable llenaba Bebop poco antes de que Cyrus Chestnut en quinteto con los hermanos Loiácono en trompeta y saxo tenor, Jerónimo Carmona en contrabajo y el sorprendente baterista rosarino Sebastián Mamet hiciera un concierto en el que la improvisación fue la protagonista. En efecto, el pianista propuso un camino menos transitado que los habituales para estos encuentros, en el que un rígido armazón temático produce un encuentro casi inmediato entre músicos que no han tocado juntos con anterioridad, es decir, suenan bien pero no pasa gran cosa; Chestnut desoyó ese sendero para sumergir a músicos y auditorio en un viaje diferente en el que más allá de si la música funcionó o no,  tuvo sorpresas y elocuencia. Sobre el escenario cada artista debió apelar a su inspiración, no existió entonces esa sensación de “gig cómodo”. ¡Enhorabuena!

Dos sets con música compuesta por el pianista, un standard, uno del saxofonista Vincent Herring y una composición de Satie, que tocó en trío. El show abrió con “Brotherhood of Man”, tema de Frank Loeser, que grabó en “A Million Colours of Your Mind” (2015), con una cadencia algo diferente a la grabada; Mariano como Sebastián  Loiácono impusieron desde el fraseo de apertura un tono más blues y desde el que Chestnut saltó con un solo torrencial que reclamó de Carmona y Mamet máxima atención; el pianista juega muy fuerte. Hubo solos intensos, con diferentes emociones, un inicio prometedor aunque faltaba aún esa esperada cohesión que nos tranquilizara. En el siguiente, el protagonismo quedó en manos del contrabajista con una introducción en la que mostró una combinación lírica-rítmica cautivante con la que logró atrapar al público para que Cyrus convierta “Soul Brother Cool” en un modelo de blues desde el piano; un mood hard bop y un swing cargado de corcheas que se rebalsan desde el teclado; el aporte de la trompeta de Loiácono le dio más vuelo con una potente improvisación que completó el saxo tenor con un solo más melancólico. Los breaks que le dejaron a Carmona confirmaron la riqueza de ideas del contrabajista.

Con “The Raven”, un tema up time, el grupo sonó ya asentado y fue donde los solos sonaron fluidos, sin reservas; el tono hard bop de la frase inicial prometía pelea y la hubo. La manera en que improvisó el trompetista, la forma en que fue llevando el tema con el que trazó un arco de tensión evidencia la madurez de este artista, con un lenguaje amplio y solos inteligentemente armados. El saxo tenor trasmitió una forma más reflexiva de acercarse al núcleo rítmico; Sebastián Loiácono con un amplio manejo armónico logró desarrollar un lirismo lógico con estrofas perfectas. Por su parte, Chestnut mixtura en sus solos Swing con Bebop  (a la manera del gran Peterson) y muestra su genio asociativo en el que nada le queda lejos a su inventiva que fluye velozmente aunque a veces esa bellísima cualidad debilita el mensaje. Su estilo contiene ritmos saltarines, limpias melodías, repentinas interrupciones; un músico de imponente técnica, moderna mirada armónica y lenguaje personal que, sin duda, es uno de los baluartes de la escena jazzística de Nueva York. Quien de alguna manera sorprendió fue Mamet con un solo brillante que mostró a un baterista que realmente compone desde los tambores; construyó un espacio de una exquisita precisión y variedad tímbrica como broche de oro para cerrar un tema que deslumbró a la audiencia.

El pianista abrió el segundo set con “Gymnopédie N°1”, de Satie, que grabó en su último disco Kaleidoscope y que tocó en trío. La fórmula que utilizó Chestnut para avanzar sobre esta composición compuesta en 1888 fue adecuada ya que el tono jazzístico de su improvisación quebró por momentos esa ensoñación que produce la melodía. Sin llegar a un contraste ni mucho menos, le dio un swing casi de vals, sereno y hasta misterioso; la sección rítmica hizo un trabajo a prudente distancia rodeando al pianista. “Polka Dots and Moonbeams” del saxofonista Vincent Herring, tema que Chestnut grabó con el compositor: Es una balada que va agitándose a medida que el pianista avanza en su solo, dobla los tiempos y esta sospechosa polka se conviertió en un campo de exploración. Cerraron con “Soul Food”, un tema muy estilo Jazz Messengers, un blues shuffle potente con una melodía que suena familiar y que trompeta y saxo tenor exprimen desde sus improvisaciones. Hay en los hermanos Loiácono un contraste poderoso que enriquece lo que tocan; la forma de abordar cada tema parece un plan tejido en alguna reunión familiar. La trompeta tiene un tono acerado, líneas en las que intercala frases breves con una rápida sucesión de notas que parecen un subrayado de la melodía; el tenor tiene también sonido propio, suavemente dorado y en sus frases los elementos del blues provocan un atisbo de melancolía en el lenguaje y que genera una cercanía inmediata con su mensaje. Chestnut lleva su Soul Food hasta el borde mismo del vértigo, una manera de despedirse dejando su huella en el auditorio. Un solo que se transformó en una odisea de remolinos melódicos, vertiginosos, mientras la sección rítmica cabalga sobre un shuffle que tiene la fuerza del blues y la riqueza del jazz.

 

 

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